| Y las
sombras se abrieron otra vez y mostraron un
cuerpo: tu pelo, otoño
espeso, caída de agua solar, tu boca y la blanca
disciplina de sus dientes caníbales, prisioneros
en llamas, tu piel de pan apenas
dorado y tus ojos de azúcar quemada, sitios en donde el
tiempo no transcurre, valles que sólo mis
labios conocen, desfiladero de la
luna que asciende a tu garganta entre tus
senos, cascada petrificada
de la nuca, alta meseta de tu
vientre, playa sin fin de tu
costado.
Tus ojos son los ojos
fijos del tigre y un minuto después
son los ojos húmedos del perro.
Siempre hay abejas en
tu pelo.
Tu espalda fluye
tranquila bajo mis ojos como la espalda del
río a la luz del incendio.
Aguas dormidas
golpean día y noche tu cintura de
arcilla y en tus costas,
inmensas como los arenales de la luna, el viento sopla por
mi boca y su largo quejido cubre con sus dos alas
grises la noche de los
cuerpos, como la sombra del
águila la soledad del páramo. Las uñas de los dedos
de tus pies están hechas del cristal del
verano.
Entre tus piernas hay
un pozo de agua dormida, bahía donde el mar de
noche se aquieta, negro caballo de
espuma, cueva al pie de la
montaña que esconde un tesoro, boca del horno donde
se hacen las hostias, sonrientes labios
entreabiertos y atroces, nupcias de la luz y
la sombra, de lo visible y lo invisible (allí espera la carne
su resurrección y el día de la vida perdurable).
Patria de
sangre, única tierra que
conozco y me conoce, única patria en la
que creo, única puerta al
infinito.
Octavio Paz -Semillas para un himno
(1954)-
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