| ALLÁ donde el mar no
golpea, donde la tristeza sacude su melena de
vidrio, donde el aliento suavemente
espirado no es una mariposa de metal, sino un
aire. Un aire blando y suave donde las palabras se murmuran como a un
oído. Donde resuenan unas débiles plumas que en la oreja rosada son el amor que
insiste. ¿Quién me quiere? ¿Quién dice que el amor es
un hacha doblada, un cansancio que parte por la cintura el
cuerpo, un arco doloroso por donde pasa la
luz ligeramente sin tocar nunca a
nadie? Los árboles del bosque cantan como si fueran
aves. Un brazo inmenso abarca la selva como una
cintura. Un pájaro dorado por la luz que no
acaba busca siempre unos labios por donde huir de su
cárcel. Pero el mar no golpea como un
corazón, ni el vidrio o cabellera de una lejana
piedra hace más que asumir todo el brillo del sol sin
devolverlo. Ni los peces innumerables que pueblan otros
cielos son más que las lentísimas aguas de una pupila
remota. Entonces este bosque, esta mota de
sangre, este pájaro que se escapa de un
pecho, este aliento que sale de unos labios
entreabiertos, esta pareja de mariposas que en algún punto va a
amarse. Esta oreja que próxima escucha mis
palabras, esta carne que amo con mis besos de
aire, este cuerpo que estrecho como si fuera un
nombre, esta lluvia que cae sobre mi cuerpo
extenso, este frescor de un cielo en el que unos dientes
sonríen, en el que unos brazos se alargan, en que un sol
amanece, en que una música total canta invadiéndolo
todo, mientras el cartón, las cuerdas, las falsas
telas, la dolorosa arpillera, el mundo
rechazado, se retira como un mar que muge sin
destino.
Vicente
Aleixandre
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